¿Y quién instruye al instructor?

Actualizado: 9 de oct de 2018



Existen momentos de reflexión en la vida, y para mí, el momento de detener mi camioneta al final de la jornada, y ver con horror el reflejo de mi rostro en el espejo; es uno de ellos. Con la mano izquierda forzaba un parpado a mantenerse abierto, con la mano derecha conducía mi camioneta. Mis lentes se habían perdido en el evento y yo, concernido y con la respiración agitada; esperaba a que el medicamento funcionara.

Hacía muchos minutos, que habiendo conducido a gran velocidad mi vehículo hasta la farmacia más cercana, llegaba ante la ventanilla y con horror el boticario me daría los medicamentos para aliviar mi mal. Tengo mi vista atrofiada y el viaje de más de una hora, sin lentes en una carretera de USA, con un ojo completamente cerrado y el otro, medio funcionando…

El principio

Un día mientras trabajaba mis abejas en la sierra de Chihuahua, un turista que pasaba por la carretera, estaciono su vehículo y con calma, espero a que terminara mi jornada. El hombre me decía que él trabajaba para los Parques Nacionales en USA y que tenía abejas muy agresivas que atacaban a los visitantes y excursionistas. Había buscado la forma de rescatar esas abejas – no eran pocas, sino muchas colmenas que vivían en los encinos huecos, y como los encinos no se pueden talar en los parques protegidos, y las abejas no se pueden matar a menos de que sean un inminente peligro para las personas, los guardabosques estaban en serios dilemas.

“¡Ha!” – Dijo mi orgullo, “este es un trabajo para SuperAurelio…” – me mal aconsejo mi arrogancia.

Al estar escuchando al preocupado guardabosques, asumí mi posición de hombre que todo lo sabe. Subí un pie sobre una roca, me alisaba las barbas y buscando y encontrando un popote de zacate, lo mascaba intentando imitar al hombre del cigarro Marlboro. Entre el frotar de mi barba, picadas de diente, escupidas en el suelo, y meneando la cabeza de lado a lado, creo que convencí al guardabosques que; un servidor, de profesión apicultor, casado y mayor de edad, guapo, cachetón y atrevido “salvaría la honra de los guardabosques y salvaguardaría la integridad física de los asistentes del parque” – y yo, quedaría como todo un señorón héroe. – ¡Aja!

Un súper héroe sabe reconocer el momento donde, las circunstancias exigen tu participación y en el momento preciso que debes de ponerte la capa – en mi caso era el traje de apicultor que me convertía en héroe.

Me puse de acuerdo con aquel concernido y preocupado buen hombre, y “en uno de mis múltiples recorridos binacionales, bilingües y multiculturales” ; de esos que solo candidatos “fifi” a la presidencia o apicultores fatuos y necios presumen, visitaría y resolvería el problema de abejas agresivas en los encinos – según yo. En mi arrogancia veía a la cara de Don Aurelio en el monte Rushmore, donde se labro a 4 de los mejores presidentes que ha tenido USA. Solo que esta escultura seria de un barbón Mexicano con traje de apicultor. Sobre la base de la montaña Rushmore, exigiría una leyenda que dijera; “Y a la derecha, el rostro de Don Aurelio, que con bravura, arrojo – y además guapo, salvo los parques nacionales de la invasión de las abejas asesinas”

Llego el momento donde estando ya cerca de la frontera, me arme de valor. En mi herramienta incluí mi traje más bonito y nuevo; “La imagen es primero” – me dije y eso, en voz artificialmente ronca.

Llegando al parque, se me llevo a los sitios destinados a las personas que acampan y donde las abejas habían tomado ya control del lugar –como los LópezObradoristas hace algunos años en la ciudad de México.

Era yo la sensación, caminando con mi ahumador y traje puesto, la gente me veía con admiración, y yo caminaba con mi bastón como un conde del medioevo – de garbo pipa y guante…

Llegamos a uno de los árboles y ellos, a quien presumía yo en plena ignorancia, me preguntaban cómo saber si esas abejas eran africanizadas. Utilizando mi gran dote de verborrea, les dije tantas cosas como pude y un poco más.

Mi explicación y desgracia fue así…

“Miren ustedes, mis queridos y curtidos guardabosques…” –les dije con mi mirada sobre los montes y evitando un contacto directo con sus ojos.

“Lo primero que tienen que hacer, es asegurarse que ustedes están bien protegidos, que no hay personas alrededor y que tampoco animales domésticos…” – y con gran destreza, procedí a revisar que tuvieran bien sus trajes y guantes, todo sellado y protegidos. Revisamos que no hubiera animales domésticos y prendimos el ahumador.

“Ya con el ahumador listo, revisas la agresividad de las abejas de esta manera…” – y tomando una abeja en mi mano, les explicaba que las abejas al ser despanchurradas, emitirían un olor o feromona de ataque. Y tomando una abeja en mi mano, les dije: “Ya con la abeja muerta entre tus dedos, lo único que tienes que hacer es soplar recio sobre el cadáver, para que tu aliento se mezcle con el aroma del cadáver y lo diriges hacia la piquera ¡así!” – Y con lujo de volumen producido en el pulmón que solo los superhéroes tienen, sople sobre la abeja muerta y de forma que entrara a la piquera de donde, en forma casi instantánea, se veía un chorro, y digo chorro como denotación de una medición de flujo de un fluido al aire libre. Se veía una cantidad impresionante de abejas saliendo como miel de un barril o mentiras de la boca de un político. Y como ironía de la vida, el gran maestro, el superhéroe, el apicultor que suspiro por la grandeza, se le había olvidado subir por completo el zipper de su traje.

Un piquete adentro de la nariz fue solo el inicio de los muchos que recibiría mientras corría por el monte sin bastón, sin capa, y ¡sin lentes! –se me habían caído los lentes después de los primeros saltos de obstáculos entre su servidor y mi camioneta; de minusválido me convertí en un atleta en un maratón. Afortunadamente nadie me estaba filmando o en este momento, porque me estarían de seguro extorsionando para evitar que saliera el video a la luz que destruiría lo que la gente piensa de mí. Llegue a mi vehículo, y como un piloto de carros de carreras me lance sobre el camino, mientras tenía más abejas dentro del velo que por fuera.

20 minutos más tarde y 50 piquetes en la cabeza, cuello y cara después, me presente ante el boticario que, ante la desesperación le pedía ayuda porque ya no podía ver, casi ni hablar, y respiraba con dificultad. Me picaron en la garganta, en los parpados de los ojos, las orejas de burro cabezón, mis cachetes, frente y cuero cabelludo. Parecía al hombre elefante mientras esperaba que surtieran mi receta.

Llegue a mi casa donde, con suspiro y pena, lloraría la derrota de mi grandiosa epopeya… ¿Y quién instruye al instructor?; Solo los piquetes de sus abejas…

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