Sopita de Pollo


De niño, viví en un barrio urbanizado, con calles pavimentadas y banquetas y mis zapatos sufrían el desgaste normal –casi siempre.

Esperaba con ansias el cambio de clima del otoño y primavera, porque se desataban vientos fuertes que yo aprovechaba para impulsarme en mis patines, utilizando como gran vela las camisas blancas de mi padre. Dentro de mi fantasía de navegante, viajaba como todo un Marco Polo o Cristóbal Colon, y cada casa o banqueta era un mar, cada calle un océano, y mi barrio el gran universo. Los vientos en mi ciudad son casi siempre de este a oeste, y en ocasiones de norte a sur; y mis recuerdos siempre provienen de todos los puntos cardinales.

Me amarraba sus mangas en mi cintura – ¡sí, antes tuve!, y sujetando los extremos de su camisa abierta con las manos, abría mi gran vela al viento, y mis amigos, a los que sus madres no dejaban hacer lo mismo, corrían emocionados siguiéndome en mi travesía. No sé si era para satisfacer el morbo de verme embarrado en algún automóvil, o ver su amigo sacando provecho del viento. Siempre terminaba esas épocas con gestos e indagaciones por gastar mis zapatos tan rápido, y mis padres, sin tanto argumento a mi cara de angelito, se decían que como era muy activo, los consumía con rapidez y yo nunca confesé que eran mi sistema de frenos.

Mi esposa y yo tuvimos un fin de semana muy ajetreado en la granja hogar, matamos un puerco, hicimos chorizo y viandas que se utilizan durante el año para comidas, iniciamos la reconstrucción del boiler, y entre la cocina donde hacíamos el chorizo, el corral donde destazaron y mataron el animal, y el boiler, mi pierna, después de toda una larga jornada de andar y andar, me reclamo con un agudo dolor, y no me quedo otra más que concluir el día con la repartición de zapatos. Como yo soy el diseñador del boiler, el cocinero que prepara el chorizo, y en esta ocasión por ser enorme el puerco, tuve que intervenir para hacer la muerte del animal más eficiente y el destazarlo también, mi pierna sufrió el ir y venir de un lado al otro todo el santo día.

Los zapatos que les llevábamos en esta ocasión, llegaron con más kilómetros en ellos, que los metros que van a caminar en los pies de los niños y niñas que con gusto los visten. Algunos llegaron desde Virginia y otros, desde Albuquerque, y como las autoridades no entienden de donativos ni de necesidades, no reconocen la pobreza ni el pobre que tiene un serio pleito con ella, tuvimos que hacer una labor de contrabando de zapatos para poder repartir a todos por igual, en la misma fecha para no hacer sentir a nadie un menosprecio.

Es raro esto del desprecio, el rechazo, la incertidumbre del no pertenecer a algo y el que te releguen. El ser humano tiende a menospreciar el enorme poder del rechazo sobre un niño, un adulto, un corazón que abatido por el diario vaivén de la vida, encuentra entre seres amados el desplante y menosprecio hacia tus logros. Todos vivimos algo de eso con alguien que nos regala su sonrisa pero con sus hechos, nos regala el menosprecio a tus acciones de vida. Para evitar esto, y que el reparto fuera justo, mi esposa llamo primero a los menos gandayas, los que por su edad o por su timidez, siempre esperando para recibir lo que los más grandes o avivados arrebatan. Uno por uno me los pasaba para ponerles sus zapatos y verificar que les quedaban bien. Uno por uno de esos zapatos pareciera darme una historia, una por una de las cintas me recordaba los lazos y rechazos sufridos en esas personas, uno a otro me reclamaba el desprecio sufrido para esta clase de niños y niñas que por diversas circunstancias sufren en silencio sus cadencias, su abandono… su orfandad.

Mientras le poníamos los zapatos a uno de los niños Raramuris que tenemos, rodaban mis lágrimas al ver que la luz ya pasaba por la suela, y el niño en silencio había utilizado estos zapatos sin queja, sin reclamo, sin publicitar su necesidad. Me sentía culpable por no haber previsto la necesidad a tiempo por ser yo, quien con arrojo de descuido, gastaba tantos zapatos como los políticos gastan promesas.

Llego Carlitos, Caricia y La Negrita, y cada uno, uno por uno, recibió su par de zapatos nuevos.

Al día siguiente, llego la mama de Sofía y German que al llegar al albergue, Sofía dijo llamarse Sopita de Pollo y a su hermano, yo le apode Caldito de Res. La mama de los niños no está del todo bien de sus facultades mentales, pero labora en un restaurante de la ciudad y la dueña del negocio, viendo que los niños se quedaban encerrados y sin atención por toda la semana porque la madre trabaja en su restaurant, tuvo la amable oferta laboral, de llevar los niños a un lugar seguro y donde fueran atendidos. Al llegar la madre, la vi llena de lágrimas y sumida en un fuerte llanto veía la pared como buscando el culpable de su dolor. Sopita de Pollo y German estaban en el suelo esperando un abrazo, y veían a la madre y veían sus zapatos como el péndulo sincronizado de un reloj –mas no sonreían, tenían una cara neutra, como de aquel que espera bajo un árbol para que madure una manzana. Al preguntarle a Dulce, la encargada, la razón de tanta lagrima, me dijo que la mujer le platico desconsolada, que el novio se había peleado con ella. En ese momento, me invadió el recuerdo los ojos llenos de alegría de Sopita de Pollo y de German al ponerle sus zapatos nuevos y en mi memoria levante la camisa blanca de mi padre extendiendo mis brazos.

Mi imaginación me arranco del asiento donde estaba presenciando aquel cuadro, y la camisa de mi padre resplandeció de blanca y entre mis manos se hiso más enorme, inflada del dolor que se llenaba mi corazón. Tomando a Sopita y a German de las manos, los arrastre a los mares y puertos de felicidad de mi infancia durante los días con viento. Y en mi imaginación sonreímos todos, y tomados de las manos, escapamos navegando intocables de tempestades, menosprecios y rechazos y con zapatos nuevos, volaban 3 amigos y ponían frenos dejando la suela nueva junto con las tristezas, embarradas en las banquetas…

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