Sembrando sobre polvo



Votamos, algunos por tradiciones, otros, por compromiso y muchos por que no queda más que la esperanza.

Hace años, durante una enorme sequia acá en donde vivimos una sequía casi perpetua, en desiertos que matan de sed y hambre lentamente –cuando mejor te va, y de golpe y porrazo cuando se ensañan y no producen nada, era mi turno de vivir una tragedia. En esa temporada, se reportaba cabezas de ganado muriendo por miles y yo, que intentaba la ganadería, veía mis 60 vacas tornarse en menos cada día y ya sin poder alimentar las vi transformarse en unos cuantos billetes. – “Parecen tablas paradas” – me decía un vecino que había vendido antes de encrudeciera la sequía. Años de inversión se fueron en tolvaneras de esas que llamamos “brujas” acá en el norte. Perdería también más de 400 colmenas antes de que llegara a su fin esa terrible sequía. Nos levantábamos mi esposa y yo, y con pasos cansados levantábamos los cajones vacíos y muchos apolillados de los campos, veíamos áreas de cultivo que ahora secos, creaban un desolado paisaje de lo que había sido un valle verde. Muchos de los lugareños que, habiendo sembrado nogales, veían sus años de sueños secarse lentamente porque se había confiado en el riego que sale del rio bravo, y ahora, solo los que tenían pozos profundos –y dinero para correrlos; sobrevivirían. A la mayoría nos cargaba la desgracia…

Caminar sobre apiarios que, que un día fueran prósperos, ahora muertos; era desolador. He platicado que con lágrimas recogíamos nuestros cajones, he recordado con nudo en la garganta como y que tan terrible es perder a manos llenas lo que con manos vacías y callosas y espaldas gastadas construiste. He contado como es el hedor de los cadáveres o colmenas muertas de hambre en las manos de un corazón destruido por la tragedia. Día tras día íbamos al campo a recoger nuestros muertos, y el llanto en silencio y lágrimas en seco era lo único que aportaba humedad a los surcos que hacíamos sobre el polvo, con el dolor que arrastrábamos como enorme arado. – y lloramos juntos mi amada esposa y yo, hasta que las lágrimas fueron remplazadas por las limpias gotas de lluvia que Dios Padre nos volvía a regalar. El desierto es hermoso y cruel, y cuando llega la lluvia, revive, canta y bailamos todos juntos a su son, con el rostro al sol, los pies descalzos para absorber la humedad y nutrientes y el corazón dando el ritmo y tiempos a esta extraña danza pagana al Dios verdadero y creador del universo.

Durante el voto y ahora en la transición, veo una historia paralela a la que yo ya viví. Veo gente llorando la tragedia de los muchos 43 que nos faltan en todas partes, veo personas llorando la terrible sequia de justicia y democracia; vivimos en llanto silencioso el saqueo de los muchos que se han postrado ante el tesoro nacional – el tesoro los somos tú, somos yo, somos todos los cerros, montes, bosques y selvas y que nos han descuartizado como el carnicero lo hace ante el animal sacrificado y carne en baratilla.

Lloramos ahora que estamos tratando de recoger el cadáver de nación que nos han dejado, y lloramos al verlos partir ya moribundos de hartarse de nuestras riquezas, que, insatisfechos aun, desde la camilla que los lleva a la morgue y ojala al mismo infierno; tratan de arrancar del paisaje y las arcas con las yemas de los dedos todo cuanto pueden tocar, ver o respirar.

Sí, yo ya he vivido este tipo de sequía pero ahora ha sido una sequía de justicia. Yo ya he contemplado los campos secos y llenos de mis cadáveres- como lo es Pemex, SAGARPA, y tantas otras que con estafas maestras y casa blancas nos han dejado sedientos en esta sequia de justicia y honor. – y nos envuelve el hedor de las enormes pérdidas que hemos sufrido.

En la época de la sequía donde perdiera mi ganado y colmenas, fui a visitar una querida familia que, en la sierra, también sufría la sequía bajo el liderazgo del padre de familia y con el honor y entereza del hombre masculinamente fuerte y recio. Llevaba alimentos como ayuda y al llegar, encontré al buen Jose en medio de una gran polvareda.

- “! Macho, mula!” –gritaba mientras sus puños se tornaban blancos de tanto apretar el arado… Las bestias moribundas del hambre, hacían su labor y contribución para la familia. Jose, un apache perdido en medio de la sierra Tarahumara, sembraba en lo más agudo de la sequía.

Su acción me sorprendió mucho, y siendo ya tarde para la siembra del frijol y el maíz le pregunte el porqué de su desesperada acción.

-“He visto los cenzontles y los gorriones regresar del monte, y como en los tiempos de mi padre, nos auguran la lluvia…” – me dijo.

- “He metido mi arado profundo en el polvo para meter la semilla allá abajo y cubrirla con una piedra para que no se la coman los animales del campo, y cuando llegue la lluvia, cosechare elotes tiernos y te invitare y juntos nos olvidaremos de esto; así como cuando yo era niño y mi padre sembraba…”

Esta mañana veía las noticias, como la gente hace cola para hacer peticiones al presidente electo y veía también, como un insolente pendejo catalogaba a esa gente de “muertos de hambre”.

Yo estoy ahí también en esa cola de espera, yo también reclamo en el único lugar que nos queda para reclamar, yo también tengo mis muertos en cada encabezado de noticia, y cada historia que se ha forjado con muertos, secuestrados, desfalcos y estafas. Yo también estaría ahí, pero mis expedientes son muchos y mis reclamos son más complicados e impertinentes en este momento… y espero…

Espero y siembro mi esperanza bajo el polvo que nos dejaron, meto mi arado profundo en la piel de la madre tierra, rasgo su piel mientras le pido perdón por hacerlo y siembro la semilla de la esperanza de un mejor mañana. Si, el pobre viejo ese que se atrevió a llegar arriba, ahora tiene en sus manos polvo para ofertarnos, y con sus deficientes y cadentes discursos, de semblante cansado y caminar lento; nos ofrece esperanza y siembra también en el polvo que nos dejaron…

Ojala que llegue la lluvia de la justicia.

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