La Fresa y El Magistrado



Existen floraciones normales para algunos, flores con esencias extrañas y únicas, algunas dan néctar, algunas no, pero todas adornan el jardín que Dios nos ha dado aquí en la tierra, y que nosotros, obstinados y con tedioso desdén, destruimos a grandes pasos. Existen flores que aparecen donde nadie las planto, flores que por su hermosura destacan ante todas las demás, pero solo por verlas, nos damos cuenta que no pertenecen al ámbito a donde han sido arraigadas.

Ya hace mucho tiempo que estando trabajando en una casa hogar, llegaron los trabajadores sociales de parte del gobierno, para entregar dos niñas a nuestro resguardo y cuidado. Las niñas como asustadas y no, como quien llega a su casa y su casa se encuentra sucia y descuidada, con un garbo ala Maria Feliz; llegaban exhibiendo y derrochando lastima, lastima a nosotros –todos los demás. Eran como unas princesas.

Para ellas existía solo eso; ellas.

Siendo una institución privada, sin fines de lucro, la mayoría de los casos, no teniendo ni fines ni con que lucrar, mucha de la labor la encomendaba a los chamacos y chamacas de la casa hogar. En esta cuestión, se debe de tener mucho cuidado porque o incurres en abuso laboral de menores, o te sacas un premio por tu innovadora forma de mantener la disciplina dentro de una casa hogar. En mi caso, yo había implementado lo que a mí se me inculco de niño. Mi abuelo le decía “el que no trabaje que no coma”, y yo con un poco de imaginación y presentación llena de léxico bobo, le llamaría “Terapia Ocupacional” y con ello; todos trabajábamos con el mismo fin.

Las chamacas calladas y taciturnas traían consigo una sola pertenencia; un casete con música del oriente, en otro lenguaje y con riqueza de tonos. Como las demás niñas eran del “vulgo”, se mofaban de aquellas dos, que caminaban como si esperaban en cualquier momento, que una calabaza y los ratones del patio, se convirtieran en una carroza o el tobogán de los juegos del patio, en un avión que las llevara a su destino original. Las chamacas actuaban como si hubiesen sido sacadas del palacio de Hamburgo, la Casa Blanca de las Gaviotas, o uno de tantos palacios desde donde se ha de mofar el ex gobernador de nuestro estado de nosotros los mortales pagadores de impuestos. Eran Princesas que habían perdido el camino a casa. Princesas que a pesar de la situación siguen siendo princesas, que sin zapatillas brillantes esperan a un príncipe azul que las rescate de las murallas y torres que construyen para sí. Su llegada era propia; llegaron al principio de la época navideña.

Poco a poco se fueron integrando a las funciones de la casa hogar, pero un día, ya cercano a la navidad, llegaron todas las niñas a presentar una queja y caso contra las dos chamacas aquellas.

“Es una fresa…” – decía la Hebra

“! Es una creída…!” –decía la Caro

Una a una las chamacas traían acusaciones contra las dos, que solo eran representadas por una; la mayor.

“No le gustan los frijoles…” – decía Paola.

Las niñas se defendían con levantar la frente y no decir nada pero, al llegar el tema de la música que ellas escuchaban, todo se colapsó. Resulta que la Hebra (una chamaca muy delgada), había tomado el casete de “las fresas” y había puesto uno de Los Bukis, y estas, con desprecio, tomaron el casete -que parecía que fuera de todas, y lo botaron a la loma. Viendo el inminente contraste entre los dos bandos, les pedí a todos salir de mi oficina para poder platicar con las chamacas. Del casete no se tocó el tema. Ellas solas me platicaron su historia…

El día que las trajeron las autoridades, a las niñas se les había encontrado medias muertas en la entrada de un pueblo llamado Villa Humada. Su madre, después de haber sido una licenciada especializada en sistemas, al verse sin su marido -quien muriera de un ataque cardiaco, había deambulado sin dinero ni recursos por ciudad Juárez, después de muchos días, la madre se interna al desierto junto con las menores para morir. Ellas al ver la madre ya sin poder para razonar, totalmente incoherente, al despertar en medio de la noche después de días sin alimento, se ven solas en las dunas de arena y un terrible frio. Platicaban que vieron el vislumbre de las luces del pueblo y caminaron hacia allá. Al investigar yo un poco más, me entere que el casete y la música habían sido de su padre, quien había fallecido habiendo sido magistrado de la nación. Como su madre no estaba legalmente casada con él, junto con la muerte vino el despojo y las arrojaron de su propia casa a la calle antes que el cadáver del padre iniciara a descomponerse en la tumba. Ellas tenían tíos y tías –decían; “ tan solo es cuestión de hablarles para que vengan por nosotros…”

A los días yo hable a uno de los teléfonos que me habían dado de uno de sus tíos. Me entere que era un hombre inmensamente rico, que había hecho su fortuna construyendo radio difusora pero de “Las Fresas”, negaba todo vínculo familiar.

- “Son bastardas” –aseguro

Sin más que agregar, colgué el teléfono y recupere el casete de la música extraña. Por toda una época navideña en mi oficina se tocó nada más esa música en honor a lo que Las Fresas habían perdido.

A menudo veo personas que con sus gestos denotan casta o simulación de esta, separación de estratos y distinción de percepción personal. Me pregunto muchas de las veces si han salido de un desierto guiados por las luces, si escuchan algo solo para elevarse hacia algún recuerdo que solo para ellos tiene sentido. Me pregunto si la arrogancia es nada más que una careta que ponemos los débiles para no exponernos a que nos vean desnudos y con el alma destrozada.

A menudo veo flores en medio del desierto y me pregunto quién las abandono ahí porque somos feos muchas veces al juzgar las apariencias, y no queremos aceptar que caminan príncipes y princesas entre nosotros.

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