La Chamarra

Actualizado: 16 de oct de 2018


La sierra de Chihuahua es un lugar hermoso pero, también cruel.

Sus paisajes de verano, primavera y otoño engañan al caminante y turista; denotan condiciones que no son permanentes y donde el hambre va de la mano con la aparente abundancia.

La abundancia se la llevaron los grandes aserraderos y las grandes empresas; el hambre se quedó para quedarse.

Mi madre platica como en su infancia vivían frente a una grande laguna donde, llegaban los gansos en cantidades tan impresionantes, que cubrían el enorme lago en una oleada blanca y al levantar el vuelo, obscurecían el sol. Los peces del lago eran abundantes y las aldeas pegadas a este, disfrutaban de aguas limpias, peces, aves y buenas cosechas. Hoy, yo paso por esa laguna, donde destaca una gran construcción de troneras grandes. Se acampa en la impresionante cima de la propia avaricia de su propósito y como monstruo de hormigón y acero, devora los cadáveres que quedan de los grandes bosques que existieron en Chihuahua; transforma pinos y encinos en pulpa para el papel. De ella desprenden dos grandes vertientes de aguas fétidas, que se descargan en la laguna, misma que en una generación atrás tuvo vida y hoy, es solo una mancha de residuos tóxicos. Aquí ya no se da la vida, ni las aves encuentran refugio y sustento en su migración, los peces son tóxicos y el agua la traen de fuera para consumo. A esto le llamamos progreso.

Los grandes bosques han desaparecido, y los pequeños remanentes que aún quedan, son asediados por todos y los pueblos originarios que por generaciones vivieron de la abundancia de los llanos, praderas y bosques, hoy encuentran sus tierras invadidas de maquinaria voraz que muele los bosques y de las praderas hace riquezas entre ajenos e invasores poderosos. A nuestros pueblos los hemos relegado a los rincones más inhóspitos y de tierras pobres, donde mueren poco a poco. Algunos se emplean en las ciudades con el afán de enviar remesas a sus familias y muchos ya no regresan a la montaña donde mueren los viejos de tristeza. Los nuevos dueños de sus tierras exportan granos y ganados, riquezas y maderas, los pueblos que fueron dueños exportan hijos y ancianos a las ciudades, muchas veces para empleos mal pagados y otras; como mendigos que merodean las calles por unas migajas.

En una ocasión, de camino a la sierra donde por muchos años se sufría una sequía que mataba niños y adultos por igual, llevando comida que personalmente recolectaba, me encontré casi sin gasolina, en la madrugada, en una zona mucho muy fría e inhóspita. La temperatura era de muchos grados bajo cero y el hielo cubría la camioneta que llevaba, no había nadie en las calles y las carreteras estaban totalmente vacías. Conocedor del terreno, esperaba con ansias llegar a una gasolinera para reabastecer de combustible, porque el sol estaba a muchas horas de distancia de mi frio y no quería morir congelado. Llegue a la gasolinera y al sonar el claxon de mi camioneta, nadie salía. Decidido a llenar el tanque de gasolina, me puse una camisa de manga larga, arriba de mi camiseta, y sobre ellas una chamarrita delgada y arriba de esa otra más grande, y después de un gorro sobre de otro y una bufanda que me cubría el rostro que no podía tocar por lo grueso de mis guantes.

Me decidí a buscar la persona que debería de estar atendiendo la gasolinera. Al bajarme, caminaba como astronauta en la luna y aun que llevaba más ropa encima que un tianguis; aun tenia frío.

Caminando en la obscuridad, venia un hermano Tarahumara, traía los brazos pegados a su cuerpo, caminaba encorvado y con una mano cubriendo la otra y las dos; cubriéndose el pecho. Al llegar a donde yo estaba, ya en la iluminación me percate que el pobre hombre traía una camisa de manga larga y una camiseta debajo de esta. Con un nudo en la garganta observaba como el hombre se movía para atenderme, con la lentitud de un rio congelado. Se movía sin decir nada, sin levantar la mirada ni sus brazos. Al pagar la cuenta, levantando los ojos, veía con ojos tristes como yo batallaba para encontrar mi cartera y como me despojaba de los guantes para hacerlo.

Yo al verle casi congelado pregunte;

¿Que no tienes frío? – le dije

“Frío si tengo, lo que no tengo es chamarra”, -contesto…

Mi padre fue periodista y luchador de causas. Mi madre es misionera, fundador y pastor de iglesias, y su camino fue guiado por la brújula de la juventud y bríos de la pasión de su misión personal, y hoy en día, sigue su trabajo y pasión a pesar de su edad. Soy el hijo de mis padres…

Mi camino esta pavimentado de rocas y mortero, experiencias y vidas de otros y propias, vidas ejemplares, fracasos y derrotas, triunfos y sonrisas, lapidas de seres amados y de libros que me han impactado. Pero en mi caminar y camino, reservo discretamente el recuerdo y lección de vida que me dejo ese hombre de la gasolinera con solo una frase.

¿Cuántos tendremos chamarras y no conocemos el frío?

¿Cuántos con ojos críticos y egoístas, y corazón endurecido, vemos los hermanos indígenas con desdén y estúpidamente juzgamos su condición de pobreza sin percatarnos que somos nosotros y nuestro “progreso” que los ha despojado?

La chamarra tenemos todos, lo que nos falta es el corazón para compartirla…

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