La bestia que llevamos dentro...


Chuy

Llego a la casa hogar como un chamaquito serio, cohibido y retraído. Sus largas melenas y su mirada eran particulares, su pelambre algo salvaje contradecía la bondad casi taciturna de su persona. La mirada que penetraba, provenía de un rostro que simulaba un felino, que nunca te fija la mirada, que oscila su cabeza o para buscar presas o librarse de ser una, y su actitud era y sigue siendo de un sobreviviente. En mi lugar de director de la casa hogar, donde yo vivía ahí mismo, me daba la oportunidad de observar mucho y muchos de los chamacos y chamacas que ahí vivieron. Chuy, venia en custodia temporal –y duro ahí más de 10 años, por parte de las autoridades, que, habiendo recibido al chamaco producto de una desgracia, lo entregaban a la institución que yo en ese momento dirigía. En esos momentos yo me entregaba de lleno a esa casa hogar y yo mismo buscaba mi identidad sin saberlo, me había perdido en un mar de desesperanza y me hundía en un mar de tristeza por una desgracia personal que yo vivía. Sin decirlo, yo era también un ser necesitado que en estado de abandono y enormes tristezas, que de más edad dirigía la institución. Era yo, tan solo un hombre mal herido y moribundo que estaba al cuidado de un hospital…

La mama de Chuy había sido una mujer drogadicta, su papa un alcohólico que los había abandonado físicamente, mientras su madre los había abandonado de toda la vida estando físicamente presente. Hay tipos de abandonos que duelen más que otros, existen tipos de sonrisas que hieren más que un insulto y un “te quiero” a destiempo puede doler más que ser abandonado en un lugar de estos. La madre de Chuy fue encontrada con una jeringa en el brazo en unas tapias, y en otras tapias, fueron encontrados los menores hijos de esa que no pudo ser madre.


Nunca había yo entendido la drogadicción, ni las adicciones hasta que un hombre, de una casa de rehabilitación que yo dirigía, me dijo; “me quiero casar”

-“Está bien, pero no tengo dinero si lo que buscas es quien te patrocine” –le dije

-“No Aurelio, el problema es que no sé cómo me llamo” –me dijo

Perplejo yo, le dije; “Te llamas Manny”

Me miro con tristeza y me relato su vida…

-“Caminaba yo de la mano de una mujer y mi cabeza me llegaba a su cintura, caminaba ella de prisa y luego se detenía a mirar los aparadores en el centro de Cd. Juárez, aparadores que no veía yo por mi corta estatura. Me miraba con amor y tornaba su mirada como buscando algo… Cuando llegamos a la Joyería El Zafiro, bajo su rostro para mirarme, tenía lágrimas en sus ojos, me dio una bolsa con pan dulce, me beso mucho y sus lágrimas me llenaron el rostro, me dijo que esperara ahí, que en regresaría por mi… se fue y nunca más la volvió a ver. Creo que ella era mi madre y creo que yo tendría unos 5 años” –me dijo con sus ojos tristes.

El Manny esperaría ahí entre los aparadores todo el día y luego la noche, y al terminar el día junto con la bolsa de pan que le había entregado su madre, el menor sintió el hambre. El hambre puede ser mal o buen consejero, puede acompañarte o destruirte y en el caso de Manny, el hambre lo hiso tornarse en lo que fue y en lo que termino su vida. Manny después de varios días de esperar a su madre, vio por la noche como unos perros se peleaban por una comida de un bote de basura del restaurant “La Nueva Central”. Me platicaba que en ese momento siguió a los perros, y de donde ellos comían, el comía. Después encontró a unos niños que en similares situaciones buscaban también el alimento, y fueron ellos quienes le enseñaron a quebrar cristales de las tiendas, para que la policía los recogiera, les diera 15 días en el Tribunal para menores, donde tenían comida y cama para dormir. En tiempo de frio aprendían a hacer delitos más graves, para que los encerraran por mayor tiempo y fue en el tribunal donde un día, muchos otros menores mayores que él, lo violaron de tal forma, que se prometió jamás dejar que nadie lo tocara –ni con la mirada. Decía el Manny que antes de llegar al centro de rehabilitación, él se paraba escondido en un callejón obscuro esperando a cualquier persona. No importaba si traían dinero, joyas o bienes, si eran hombre o mujer, joven o no, lo importante era que llegaran a donde él estaba y al tenerlos frente a frente, saltaba de su escondite y los golpeaba con saña solo para callar a la bestia que estaba dentro de él y que reclamaba sangre. Afligir físicamente de dolor a otros, calmaba su propio dolor interno.

-“Ves Aurelio, que la vida de un “malilla” no es tan fácil, digo que me llamo Manuel Rodríguez pero, porque así me dijeron que me llamaba cuando entre al tribunal por primera vez…”

Chuy me acompaño a la sierra a llevar juguetes y hacer fiesta a la Granja Hogar. Durante los días que ahí estuvimos, lo miraba feliz y compartiendo con los niños su alegría. Un americano al mirarlo le dijo; “debe de haber sido difícil vivir en una casa hogar”, Chuy, callado y con sus gestos de felino, le dijo; “no, en una casa hogar cuando llegamos de la calle, los que aquí llegamos, somos enormemente felices. Los mejores años de mi vida los pase aquí, y fui muy feliz, tuve mucho en abundancia, comida, juguetes, amor, consejos y amigos y tengo un buen padre en Lio desde entonces…” –mis chavos me dicen Lio desde toda la vida.

Me pregunto a veces como es que podemos ser rápidos para juzgar a otros, sin saber si en ellos vive un Chuy o un Manny. En cuántos niños de la calle o drogadictos o alcohólicos podríamos ver al Manny que sin pan, sin madre, sin esperanza caminan rompiendo cristales solo para reclamar migajas de pan y cobija y en las cárceles, encontrar el resguardo materno que no existió para ellos. Es difícil para la gente “normal” entender la sonrisa de una madre que te abandona a tu suerte para entregarse a una jeringa, botella o cualquiera de tantos malvados vicios. La guerra en Cd. Juárez ha dejado muchos huérfanos y muchas historias como la de Manny, se repetirán miles de veces, como los miles de huérfanos que arroja esta estúpida guerra. Guerra por codicia, guerra por dinero, guerra por poder…

Levanto mi rostro al cielo y siento que como humanos somos egoístas y cómodos, que preferimos ignorar el problema que enfrentarlo y todo tiene semblante de una castidad simulada en nuestras vidas. Hagamos algo por el prójimo esta navidad, rescatemos al Manny niño antes que sea el Manny bestia que asecha en la obscuridad, y démonos cuenta que tenemos en nuestras manos y nuestras vidas, la capacidad de cambiar vidas y destinos para beneficio de las generaciones que vienen detrás.


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