He visto a Dios cara a cara…


La operación era solo una rutina más, me dijo el doctor.

Hace más de 7 meses que tuve un accidente donde casi pierdo la vida, y donde mi pierna, entre la pantorrilla y el talón, se desprendió casi por completo y los doctores, haciendo milagros; la reconstruyeron.

He pasado momentos difíciles en mi trayectoria sobre esto que le decimos vida, y con seguridad este lunes fue el día más difícil que he vivido; casi me muero.

Me quitaron hueso de mi fémur, casi en la cadera, para donar a la parte que mi pierna que no se pudo reconstituir por si sola. Durante el accidente, perdí un buen pedazo de hueso y nuestro perro; se lo comió después que me llevaron en la ambulancia.

Y un apicultor viejo, gordo y cansado ya de la convalecencia, se presentó ante el quirófano este lunes pasado. Después de algunas bromas de ánimo de los doctores, sonrisas y buena atención de todo el personal médico, me llevaron al quirófano donde, antes de llegar, perdería el conocimiento debido a la anestesia.

Durante mi vida, he contemplado y me he preguntado siempre, como será el final de mi existencia, y este lunes mi curiosidad fue satisfecha otra ves, se me dio una probadita de cómo se termina nuestra vida.

Me dicen los Doctores, que la operación era de por si un éxito en misión, solo que al final de esta, perdiendo un litro y medio de sangre y debido a ello; mis signos vitales indicaban que la situación era grave. Yo desperté entre una mascarilla de oxígeno, y maquinaria médica y en medio de ella no alcanzaba la respiración, los doctores articulaban sus labios, y mi mente no podía descifrar el mensaje. En el momento de tu muerte, todos los sonidos se conjugan en un solo zumbido, - la sinfonía que te lleva a tu destino es en silencio, una obscuridad invade tu visión, y una quietud y paz profunda poco a poco invade los sentidos. Nada importa, no existe más que tu espíritu y tu destino, el dolor deja de ser y una alianza entre lo mortal y lo inmortal se forja en el instante y aceptas tu destino…

“Los pulmones no responden” –decían, y yo perdí el conocimiento para recobrarlo bajo más aparatos que me sujetaban a la vida. Mi corazón dejaría de latir dos veces ese día, y dos veces me regresaban de mi destino final, el que me espera eventualmente, donde veré a Dios cara a cara y responderé por cada uno de mis actos, donde enjugara mi dolor y dará fin a mi soledad, mis temores e inseguridades al recibirme en sus manos, donde todo temor al rechazo es extinto por el acogimiento de su Amor y vida eterna.

Siempre que pensamos en el concepto de un Dios, el Dios que nos mantiene vivos, el que nos permite la existencia, cada uno de nosotros tenemos una idea muy vaga de lo que es, pero porque hemos sido engañados con imágenes de sufrimiento, de venganza, de ira e irracionalismo e intolerancia representativas de ese Dios. He visto a Dios en mi enfermedad, y no es aquel que se me presento de niño ni el que he visto colgado sangrando sobre un madero; mi Dios camina sobre los problemas, habita entre los que me rodean y se manifiesta a través de ellos.

Al segundo día de mi estancia en el hospital, dos jóvenes enfermeros me canalizaban una vena, para “estar prevenidos en caso de requerir una transfusión masiva”, algo habían visto y esperaban y no me lo decían. Les pregunte por un enfermero que me hubiese atendido 7 meses antes, y me dieron razón de él. Les explique, como dentro de los primeros días en el hospital, con un espantoso dolor, yo le había pedido al joven enfermero, que me dijera con honestidad que tan malo era mi estado porque el dolor era tan grande, que yo estaba por pedir que mejor me amputaran la pierna; ya la morfina no era suficiente para contener el terrible dolor en ese momento. El joven asistente del doctor, con toda amabilidad dejando todo lo que traía a cargo, se sentó en una silla a darme aliento, a decirme que todo estaría bien, que el dolor bajaría y yo un día estaría mejor. Después llegando una persona de limpieza y ver seguramente el grande dolor que estaba pasando, tomo mi mano, y me dijo que todo estaría mejor. Mi esposa, nunca dejo mi lado desde hace 7 meses, ni ahora; y la observaba como trataba de dormir en un sillón cerca de mi cama y ahí se retorció por tres días. Platicando con los enfermeros que me preparaban para una posible intervención, les dije; he aprendido a ver a Dios. He visto a Dios cara a cara, en el rostro de cada uno de ustedes que me atiende, veo las manos de Dios atendiendo mis heridas, veo a Dios en un sillón esperando alguna queja para atenderme; y recibo mensajes y llamadas que me dicen que Dios está conmigo. Mi amado hijo el mayor, pidió que nadie atendiera mis curaciones durante los primeros 4 meses de mi recuperación; él personalmente me atendió en lo más difícil de esta etapa –y vi las manos de Dios en él cuidándome y atendiendo mis heridas.

El día que casi moría, un grupo de amigos y familia, mientras yo me retorcía de dolor, sin saber si se salvaría mi pierna o no puesto que solo me daban un 5% de posibilidades de salvarla, ellos cargaban nuestras abejas para enviarlas a cumplir un contrato de polinización; Dios cuidando de mis finanzas a través de sus manos.

Dios no es una imagen o concepto; Dios es amor. Amor por el prójimo, el cuidado para los que te necesitan, la habilidad de dejar lo tuyo para dar por un desconocido; eso es Dios. Dios es el concepto del amor materializado en hechos y no palabras, ideas, imágenes o sermones; Dios es la mano que alimenta al hambriento, los brazos que cuidan de un bebe abandonado, los pies que llevan esperanza al abatido.

Les dije a los jóvenes que me atendían esa noche; “Yo no puedo llegar al cielo y decir que nunca vi a Dios, porque lo he visto cara a cara”. - Lo veo en rostros, en las manos que me atienden, en el cuidado que me dan los que aun sin conocerme, viven el concepto de la deidad, la realidad de lo que un Dios Grande es. El gran misterio de Dios, es que Dios, es manifestado en carne y de ti depende verle en las manos que te aman, los ojos que te ven, la provisión que no deja tu mesa y las palabras bonitas de la gente que te ama, el sol que baña tu rostro, la lluvia que moja tu tierra, el néctar de tus abejas, la sonrisa de los que te aman. De nosotros depende verle en la sonrisa de un niño, la cara del anciano que te pide algo de comer, el pobre hombre que camina solo y lleno de tristezas; el viejo enfermo en algún hospital.

La vida te da la oportunidad de manifestarte como hijo de Dios y hacer lo bueno en cada momento. La vida, es como la flor del campo que alimenta nuestra colmena; en un momento es y en otro momento se nos desvanece. No sé en qué creas tú, pero escucha a un hombre que ha perdido la vida ya varias veces en lo que va del año; manifiesta con tus actos que eres hijo de Dios, vive tu vida como si fueras a presentarte delante de Dios en este momento. Conserva tus manos, tus pies, tus compromisos y tu vida acepta y limpia, para que cuando llegue tú momento – y ese a todos nos llegara-, te presentes cara a cara con tu Dios y no te avergüences de tu vida.

Observa en las calles los ojos de los ancianitos necesitados, los huérfanos, las viudas, tu honor, tu vida, los tuyos, respira el aire fresco y absorbe el horizonte en un atardecer, y aprende a ver la cara de Dios en cada uno de esos testigos.

Una disculpa por no hablar de abejas hoy; gracias por seguir este viejo

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