Escucharé el sonido de su silencio.

Yo viejo, medio quebrado o quebrado y medio, veo con asombro los avances continuos de la tecnología, y las “revoluciones” que son de moda ya sin sangre y que cambian los panoramas.

Para los jóvenes o “mileniums”, la fascinante tecnología es parte de su estructura y forma de vivir, para los viejos como yo, vemos las nuevas tecnologías como nuevas adicciones que encarcelan, enajenan, alejan, intoxican con versiones o imitaciones de lo que debería ser una experiencia real.

Los noviazgos se viven con textos, fotografías y Facebook, la experiencia derivada del manejo diario de la colmena son remplazadas por “El Gran Inquisidor Don Google”, que transforma la manera que nos observamos a nosotros mismos, que provoca, consuela, educa, ilumina pero, a la vez destruye lo viejo para construir el futuro hoy – escuela de maestría cibernética, y confrontación entre lo real y lo imaginario. Cada gigabyte trae una codependencia, cada tecleado arroja sutiles grilletes de la imaginación; cada sesión de internet intoxica con substitutos e imitación de lo que debería pertenecer a los sentidos del tacto, olfato, o vista que están ligados al corazón… y perdemos nuestra interconexión de la convivencia con el medio ambiente y sus criaturas, para permanecer conectados con un mundo artificial y real, gracias a este mundo de la tecnología.

Mis - nuestras necesidades básicas, como ser humano es conectarnos con la naturaleza, nuestros ancestros, nuestros seres queridos y descubrir en sí mismo nuestro propio valor y lugar existencial. Pero el “ruido” de la tecnología nos ha evitado esa conexión humana y nos enferma haciéndonos seres solitarios dentro de las multitudes. Corremos de un lado a otro, nos abruman las festividades, nos agobian las obligaciones que nos obligan a agobiarnos- y parece que solo nos preparamos para nuestro entierro.

Necesitamos actuar en consecuencia y dictar nuestra conducta de responsabilidad y escuchar no solo al vecino –quien ha perdido el rumbo de las palabras y solo se comunica con gritos o silencios. Tenemos que escuchar el ruido del silencio de los insectos que ya no están, las flores y animales que hemos pisado en nuestro progreso, los huracanes que ahora gritan y golpean, y las mareas de plástico que han invadido las olas. Nos hemos convertido en animales consumidores que no aportan más que un putrefacto y contaminado cadáver en nuestra muerte. Somos generación de seres que consumimos más de lo que necesitamos, acumulamos más que lo que producimos; y nada es suficiente para satisfacer nuestra insaciable necesidad.

Correré por las aguas, volare en los mares, nadare en las arenas y desprenderé mi piel de mi espíritu. Me hare uno en tu clamor, y volare hacia donde el sol y la mar hacen el amor en cada atardecer. Viviré para morir día a día y lamentar la ausencia y la eterna soledad del hombre cuando mueran las abejas.



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