El Secuestro de Miguel


“Desde este extraño mundo lleno de bestias, artefactos, y mujeres.”


Fue en una granja hogar que dirigía en la sierra de Chihuahua, que una mujer llegaría totalmente descompuesta, acongojada y desesperada – su hijo de apenas 6 años de edad estaba secuestrado. Ella, habiéndose endeudado con los “malos” de la región, fue forzada a irse a trabajar a los campos “chutameros” (chutama se le dice a la droga y chutameros son los que se dedican a ese rubro) donde fungía como cocinera –y me imagino que también incluía otros servicios de sábanas blancas tal vez. Cuando la llevaron a la chutama en calidad de “detenida para que cumpla deudas”, ella tenía sus hijos pequeños y de alguna forma o suerte, yo termine con la custodia temporal de tres de sus pequeñitas hijas en la granja hogar. Niñas, que cual delicadas orquídeas, crecerían bellas, erguidas y delicadas en una temporada rápida y fugas - y retornarían al polvo mágico que la maldición ancestral en los pueblos parece reclamar, exigir; y mutilar la esencia misma de la existencia. Fue en la etapa de orquídea de las niñas, que la madre regresara a “visitar” a sus hijas. La pobre mujer, que castigada por un bello parecer, era víctima de acoso de cualquiera que, con tintes de predador, inseguridad o machismo, requería asegurarse a si mismo lo inseguro de su hombría. La mujer nació víctima, creció víctima, sembró hijas víctima y estoy seguro que morirá sembrando y muriendo víctimas y como víctima. Ella veía el elogio a su semblante como la reafirmación de lo que nunca tuvo, lo que se le arranco desde su infancia - el corazón que al romperse desgajó las posibilidades de una existencia compartida con quien amas y te ama; mujer de todos y esposa de nadie.

Los quehaceres de una granja hogar son similares a los de un hogar en una granja; únicamente que se multiplica por 100 cada una de las actividades… Y también sale el sol y así como el mirasol abre sus pétalos al sol, el gallo canta los buenos días, los becerros braman de hambre, así cada uno se levanta y conocedor de sus responsabilidades y trabajo cotidiano, hace lo que debe y si no lo debe también lo hace. Ese día me tocaría a mí, salir al pueblo a comprar pan dulce para el desayuno. Salí en uno de los vehículos de la granja hogar y en el portón que servía más para cuidar de los animales de la granja y ajenos que de la gente, estaba la pobre mujer media drogada, media dormida, a medias lucida y medio vestida. Llevaba en su persona los vestigios de lo que le pasa a una mujer que ha perdido el equilibrio entre lo bueno y lo malo, entre lo humano y lo terrible; lo que pasa entre bestias y mujeres…

No sé si sus lágrimas eran por lo vivido o lo que no había podido desnucar – el luto eterno que llevamos los que hemos muerto en vida y que la vida se aferra con sus garras y fauces exigiendo reconocimiento y aceptación entre cardos, orquídeas, narcisos y tulipanes… la mujer tenía antiguas y recientes marcas del cuchillo y navajas en las muñecas de las manos y en el momento sus vendas estaban teñidas de rojo denotando la frescura de las auto-afligidas heridas más recientes. Y ahí en el portón, como una bestia herida, regresaba en búsqueda de sus crías como para asegurarse que aún existía – o macabramente para compartir los demonios con los bellos tulipanes…

Lloraba por el pasado y el presente, y se preocupaba a media luz por el futuro. Platicaba de Miguel su hijo de 6 años, quien permanecía en un campo chutamero y donde había aprendido a plantar las drogas entre la barranca. Miguel permanecería ahí, hasta que se “pagara” la deuda.

Para la pobre mujer, el secuestro de Miguel y su liberación era el motivo de existir del momento y todo momento tiene su tiempo y la vida nos presentó la oportunidad de acelerar ese momento; el chutamero mayor estaría buscando a la mujer en la granja hogar, demandando sus servicios en la barranca. Yo sé que el concepto de un señor de esos, que es casi el dueño de vidas y todo, la mayoría de las personas no lo tiene. Pero allá, en la sierra, donde no existe la autoridad ni poder más que el del señor “Don Chutama”, uno como ciudadano paga y debe respeto a esa gente. Al llegar el hombre me saludo y me expuso el caso – así es la gente de la barranca. Me decía de la deuda y la necesidad y exigía que hablara con la mujer para que regresará, y como yo era el director y para él, el señor de la casa, me pedía que atendiera el asunto. Lo hiso con mucho respeto a mi persona e institución que representaba – así es la autoridad de la barranca. Yo escuche y después de escuchar le pedí que nos regresara a Miguel y le dije que yo pagaría la deuda.

  • “Llévate esa vaca y me traes a Miguel” –le dije.

  • “como cree mi amigo, un hombre de bien, no se le trata con mal; usted goza de trato franco conmigo…’ –me dijo y se retiró. No entendía en el momento que el hombre estaba condonando la deuda y que Miguel sería liberado –hasta que llego Miguel por su propio pie a buscar a sus hermanas que continuaban estando en la granja hogar.

Con el tiempo, las niñas y Miguel estarían oscilando de la casa de la pareja de la madre, a la granja hogar, y de la granja hogar, a la nueva casa de la pareja nueva de la madre - y un día no regresaron más. Con el tiempo las vi vagando en las calles, entre amigos y amantes y con el tiempo pedían apoyo para sus hijos y nietos de la madre.

Miguel termino como “punto”, luego de “puchador” y después de soldado de los señores de las barrancas y no dudo que ya en estos momentos, donde la vida corre con prisa, ya sea el mismo un Señor de su propia barranca.

El secuestro de nuestra infancia es eso y lo que vivimos; los que matan, secuestran y afligen aprendieron desde niños por experiencia propia las reglas de su mundo que ahora, aflige al nuestro.

El secuestro de Miguel se refleja detrás de cada historia que recorre las calles de nuestro país mientras las orquídeas perfuman los caminos –aunque sea solo por unos breves momentos…

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